Mirando el reloj


Son las 7:30 de la mañana, en la calle hace frío y mientras escucho música con mis cascos de camino al metro me voy fijando en mi entorno. Me gusta imaginarme que soy un extraterrestre que ha llegado a la Tierra y mi misión es conocer cómo son los humanos, su forma de pensar y actuar... Me fijo en la enorme boina de humo que se ve sobre mi cabeza y que se extiende hacia el horizonte, hoy la contaminación tampoco permite ver las montañas de la sierra. Respiro profundamente y sigo caminando. Al final de la calle me encuentro con Fernando, que educadamente me saluda, le devuelvo el saludo. Fernando es el dueño de un bar en mi barrio, abre temprano y siempre me pregunto si realmente le merecerá la pena abrir tan pronto para servir unos cuantos desayunos a los vecinos de siempre. Albañiles, pintores, técnicos... apuran su café para comenzar su jornada, otra más. No puedo evitarlo, pienso sobre la monotonía y la vida en la ciudad, cada día, al pasar por delante del bar de Fernando oigo un ligero sonido metálico de cadenas arrastrándose por el suelo, y un segundero de fondo.
Ya por el parque pasan a mi lado dos perros corriendo y jugando entre ellos, por lo que me parece intuir uno de ellos intenta morderle la cola al otro y se lanza hacia las partes nobles del otro animal, que no rehúye y enseña los incisivos amagando con lanzarse al cuello de su compañero de juego. Se les ve felices y contentos, si es que los perros pueden estar felices y contentos. Me fijo a unos 15 metros en los dueños de los animales, son dos hombres sexagenarios embutidos en un chándal y con deportivas. Los dos jubilados van hablando entre ellos, no alcanzo a enterarme de la conversación cuando paso a su lado, pero uno de ellos parece quejarse del precio de alguna factura. Pronto les dejo atrás y a los alegres animales, llevan un paso muy lento y voy con prisa, una vez más llego tarde, voy casi al trote.
Me introduzco en la boca del metro, que con sus escaleras mecánicas me traga bajo tierra. Aún quedan seis minutos para que llegue mi tren así que me siento en un banco del andén y saco de la mochila el libro que estoy leyendo: "La casa de Dios" de Samuel Shem. Rápidamente me enfrasco en la lectura y antes de que me dé cuenta el tren entra ya a la estación. Al cerrarse las puertas empiezo a fijarme en la gente del vagón, están todos medio dormidos, como yo, me pregunto entonces hacia donde irán, a qué se dedicará cada uno de ellos, y comienzo a especular sobre sus vidas, algunos me pillan observándoles, pero me doy cuenta rápido de que la mayoría está absorta mirando sin pestañear las pantallas de sus smartphones, jugando o leyendo noticias y mensajes. En el metro no hay cobertura así que supongo que tendrán tantos mensajes sin leer que les da para estar con su teléfono durante todo el trayecto en el metro. Yo no tengo smartphone, renuncié al que tenía porque notaba que me estaba robando tiempo de vida y momentos importantes, además la mayoría de mensajes que recibía no eran en absoluto relevantes, me sentía atado al aparato y su necesidad de respuesta inmediata. Miro de nuevo al vagón antes de bajarme en mi parada y veo de nuevo como están todos "conectados" con sus móviles.
Salgo a la calle de nuevo, ahora hay más luz que antes, y de camino al trabajo pienso acerca de las obligaciones de la gente, de las cadenas invisibles, de la libertad... de la rutina. No llego a ninguna conclusión y comienzo a aceptar la realidad de la vida moderna. Hay un precio que hay que pagar si quieres encajar en la ciudad, y debes someterte, doblepensar incluso para poder dormir por las noches. Pero no todo es gris, al menos no durante todo el tiempo, hay esperanza y optimismo. Y es que quiero darle sentido a lo que hago aquí, que esto no sea sino el camino para encontrar el lugar y el entorno en el que pueda desarrollarme de forma plena. Hago lo que hago ahora para poder ser yo, no lo que los demás piensan que debo ser...
Una sirena de una ambulancia que pasa por la calle me devuelve a la realidad, acelero el paso y llego a mi destino. Miro el reloj y efectivamente, llego tarde un día más.


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