sábado, 22 de julio de 2017

Agonía

La vista se me nubla, el pulso se me dispara y el dolor me envuelve, apenas puedo mantenerme en equilibrio, echo la vista atrás y ahí están, no es suficiente mi esfuerzo, no ha valido la pena tanto sufrimiento. Mil imágenes corren ahora por mi mente libres, invadiendo todas mis emociones, los recuerdos y las horas de entrenamiento. Era para esto, por este instante dediqué toda mi vida, cada segundo que pasé luchando por llegar a la cima, cada reto superado, cada entrenamiento… Semanas lejos de mi hogar y de los míos, los que me quieren ¿qué van a pensar si me ven rendirme?, ¿qué ejemplo seré para ellos? No quiero fallarles, ahora no. Puedo ver el final, ante mí se impone como un inmenso muro, pero debo continuar, debo mantener la fuerza mental y sobreponerme. De nuevo echo la vista hacia atrás, siguen ahí, apenas unos segundos nos separan, pero no se acercan, quizás están igual que yo, igual sufren como yo y no saben qué va a pasar. Inspiro lentamente y miro a la carretera, espiro el aire de mis pulmones y con decisión bajo una corona, me incorporo sobre mi bicicleta y buscando fuerza de dónde no hay nada, con la musculatura vacía y temblando me lo juego todo a una carta, aprieto al máximo sin mirar atrás, tan sólo unos metros más, la mente en blanco, silencio y la sangre golpeando con fuerza todo mi cuerpo… Y por fin, destrozado, cruzo la línea de meta.

lunes, 13 de marzo de 2017

Mirando el reloj


Son las 7:30 de la mañana, en la calle hace frío y mientras escucho música con mis cascos de camino al metro me voy fijando en mi entorno. Me gusta imaginarme que soy un extraterrestre que ha llegado a la Tierra y mi misión es conocer cómo son los humanos, su forma de pensar y actuar... Me fijo en la enorme boina de humo que se ve sobre mi cabeza y que se extiende hacia el horizonte, hoy la contaminación tampoco permite ver las montañas de la sierra. Respiro profundamente y sigo caminando. Al final de la calle me encuentro con Fernando, que educadamente me saluda, le devuelvo el saludo. Fernando es el dueño de un bar en mi barrio, abre temprano y siempre me pregunto si realmente le merecerá la pena abrir tan pronto para servir unos cuantos desayunos a los vecinos de siempre. Albañiles, pintores, técnicos... apuran su café para comenzar su jornada, otra más. No puedo evitarlo, pienso sobre la monotonía y la vida en la ciudad, cada día, al pasar por delante del bar de Fernando oigo un ligero sonido metálico de cadenas arrastrándose por el suelo, y un segundero de fondo.
Ya por el parque pasan a mi lado dos perros corriendo y jugando entre ellos, por lo que me parece intuir uno de ellos intenta morderle la cola al otro y se lanza hacia las partes nobles del otro animal, que no rehúye y enseña los incisivos amagando con lanzarse al cuello de su compañero de juego. Se les ve felices y contentos, si es que los perros pueden estar felices y contentos. Me fijo a unos 15 metros en los dueños de los animales, son dos hombres sexagenarios embutidos en un chándal y con deportivas. Los dos jubilados van hablando entre ellos, no alcanzo a enterarme de la conversación cuando paso a su lado, pero uno de ellos parece quejarse del precio de alguna factura. Pronto les dejo atrás y a los alegres animales, llevan un paso muy lento y voy con prisa, una vez más llego tarde, voy casi al trote.
Me introduzco en la boca del metro, que con sus escaleras mecánicas me traga bajo tierra. Aún quedan seis minutos para que llegue mi tren así que me siento en un banco del andén y saco de la mochila el libro que estoy leyendo: "La casa de Dios" de Samuel Shem. Rápidamente me enfrasco en la lectura y antes de que me dé cuenta el tren entra ya a la estación. Al cerrarse las puertas empiezo a fijarme en la gente del vagón, están todos medio dormidos, como yo, me pregunto entonces hacia donde irán, a qué se dedicará cada uno de ellos, y comienzo a especular sobre sus vidas, algunos me pillan observándoles, pero me doy cuenta rápido de que la mayoría está absorta mirando sin pestañear las pantallas de sus smartphones, jugando o leyendo noticias y mensajes. En el metro no hay cobertura así que supongo que tendrán tantos mensajes sin leer que les da para estar con su teléfono durante todo el trayecto en el metro. Yo no tengo smartphone, renuncié al que tenía porque notaba que me estaba robando tiempo de vida y momentos importantes, además la mayoría de mensajes que recibía no eran en absoluto relevantes, me sentía atado al aparato y su necesidad de respuesta inmediata. Miro de nuevo al vagón antes de bajarme en mi parada y veo de nuevo como están todos "conectados" con sus móviles.
Salgo a la calle de nuevo, ahora hay más luz que antes, y de camino al trabajo pienso acerca de las obligaciones de la gente, de las cadenas invisibles, de la libertad... de la rutina. No llego a ninguna conclusión y comienzo a aceptar la realidad de la vida moderna. Hay un precio que hay que pagar si quieres encajar en la ciudad, y debes someterte, doblepensar incluso para poder dormir por las noches. Pero no todo es gris, al menos no durante todo el tiempo, hay esperanza y optimismo. Y es que quiero darle sentido a lo que hago aquí, que esto no sea sino el camino para encontrar el lugar y el entorno en el que pueda desarrollarme de forma plena. Hago lo que hago ahora para poder ser yo, no lo que los demás piensan que debo ser...
Una sirena de una ambulancia que pasa por la calle me devuelve a la realidad, acelero el paso y llego a mi destino. Miro el reloj y efectivamente, llego tarde un día más.


viernes, 19 de agosto de 2016

Cirugía, mi camino


No ha sido nada parecido a lo que dicen los seminaristas que sienten al oír a dios, y menos mal, porque si un día me levanto escuchando voces en mi cabeza, que le den a todo, me voy directo a la planta de psiquiatría de mi hospital, que ya sé donde está y me ahorro los viajes al seminario.

No, esto no tiene nada que ver, ha sido más bien como el desarrollo de una enfermedad crónica, lentamente, sin prisa y sin hacer demasiado escándalo, como el agua horadando la roca incansablemente y moldeando el paisaje con los años. Recuerdo claramente como hace 5 años, cuando comencé la carrera de medicina, me veía a mi mismo en el futuro como una especie de Dr. House -quizás no tan borde- un auténtico "todolosabe" que podría diagnosticar cualquier patología que se le pusiera por delante, ya fuese una parasitación cerebral por un gusano o una rara alteración genética... daba igual, me veía como un gran clínico. Por supuesto esto duró a lo sumo un mes, lo que tardas en darte cuenta de que la medicina nada tiene que ver con la televisión, que no es tan glamurosa, que es mucho más sucia, maloliente y desagradable que lo que se muestra en las pantallas con esos actores tan guapetes. Pero también te das cuenta con el tiempo de que se trata de una disciplina humana, en el sentido pleno del término, es una disciplina en la que conoces al ser humano, tal cual, en la que muchas veces, y esto es importante, sólo se puede aspirar a aliviar el sufrimiento del enfermo. Somos humanos, y como tales podemos cometer errores, de ahí la importancia de aprender a trabajar en equipo para reducir al mínimo posible el error humano. Pero tampoco podemos olvidar que no existen enfermedades, sino enfermos y que hay que personalizar en la medida de lo posible nuestra interacción en el proceso de la enfermedad. Todo esto convierte a la medicina en la más hermosa y noble profesión que existe -bajo mi punto de vista, claro- y en una disciplina con un cantidad de conocimientos abismal.

Y bien ¿para qué tanto rollo? Pues para adornar esta entrada un poco y para contar lo que podría haber dicho en una linea: Quiero ser cirujano. ¿Y para esto tanta gaita? Pues si, porque es verano, tengo tiempo libre (lo más preciado que existe), ningún plan y me he acordado de que tenía un blog. Tal cuál.
Continuando con lo anterior, que me disperso, la ingente cantidad de conocimiento hace necesario que los profesionales se especialicen. La primera división clara se da entre especialidades clínicas, quirúrgicas, mixtas y de laboratorio, que como las ramas de un árbol se va dividiendo en las diferentes especialidades y subespecialidades. Aborrecía la cirugía y todo lo que estuviera relacionado con anatomía en los dos primeros años de carrera, simplemente veía estas asignaturas como un trámite necesario para continuar estudiando algo más interesante. Aunque he de decir que en las prácticas disfruté, quizás esas horas contemplando y diseccionando cuerpos -mientras nos colocábamos en grupo con el formol del ambiente- fueran la semilla que ha ido brotando con el tiempo. Poco a poco y sobretodo con el comienzo de las prácticas en el hospital pasando por diferentes servicios me di cuenta de que había estado muy equivocado con las especialidades quirúrgicas, y un día sin saber desde cuándo y cómo había ocurrido me di cuenta de que quería ser cirujano. ¿Por qué? Porque las especialidades quirúrgicas son las más resolutivas, el paciente te viene con su problema, y eres tú con tus propias manos y habilidad el que resuelves la situación. No sé, es simplemente algo bestial, al menos a mi me lo parece así.
Aún no tengo claro qué especialidad quirúrgica me gustaría hacer, (y tampoco quiero cerrarme puertas para cuando llegue el temible MIR y ponga las cosas en su sitio) y aunque en mi mente tengo ciertas ideas, mejor me las guardo por lo que pueda pasar. Lo importante es que he encontrado el camino que quiero seguir y que me llena. Y eso no se paga con dinero.

"La cirugía es la más científica de las artes, y la más artística de las ciencias"

lunes, 18 de abril de 2016

Cae la lluvia


Cae la lluvia mojada
y contra el suelo
empapa mi alma,
que ya no se queja,
tan solo su pelo
sacudiendo mi calma,
gotas que claman
cayendo del cielo.

                                David Gil

miércoles, 17 de junio de 2015

Lipdub Medicina 2015 Valladolid




Lipdub de la promoción 2015 de medicina de la Universidad de Valladolid. Me ha gustado mucho y se nota que está muy bien preparado y dirigido. ¡Felicidades!

martes, 24 de junio de 2014

A la mar


Envueltos por la brisa marina viajamos todos nosotros en barquitos a la deriva, perdidos hacia nuestros destinos. En el camino nos vamos cruzando entre nosotros, compartimos experiencias de marinos, decoramos nuestros barcos y comparamos con el del resto. Hay variedad como en todo, unos flotan galantes en el bravo mar mientras otros se hunden sin remisión al más mínimo azote o carga pesada. Hay quienes deciden navegar en solitario con el rumbo fijo, otros sin embargo abandonan su nave por otra y construyen juntos con su madera un barco nuevo, más estable.
Vamos todos -ni uno solo se salva- en la misma ruta de navegación, pues la corriente imparable nos arrastra sin remedio. Algunos, mecidos por las olas y el viento que agitan la embarcación y los cuerpos desnudos, nos paramos a pensar durante el viaje en su sentido y razón, otros sólo siguen la estela que dejan al pasar a su lado las naves más cercanas, conformándose con imaginar lo que otros ya han visto.

Aquí y ahora remando en mi barquita observo admirado una barca cercana, lleva ya un tiempo navegando por estas aguas y su curiosa forma de remar ha llamado mi atención. Pasan por mi mente historias antiguas de naufragios, abordajes piratas y grandes gestas que una vez fueron utopías y hoy son recuerdos, pienso  que no hay destino escrito y lo imposible duerme arropado por lo probable. Tendríais que ver como brilla su casco bañado por el sol y el reflejo del agua, como rompe las olas que quieren sacudir la proa, parece que si está cerca de mi barca navego más ligero a su lado. Unas ganas locas de abordar la barquita despiertan en mi interior.

Es este un lugar agradable en el que estar, lejos de las naves competitivas que chocan una y otra vez entre ellas y el resto por ponerse en cabeza, en cabeza de una flota que solo tiene por meta caer inevitablemente por la gran catarata, esa al final del mar que marca el fin del tiempo y nos iguala sin distinción seamos barcas de madera o enormes portaviones, un mismo destino nos aguarda.

Bañado por el sol y los temporales que de vez en cuando acompañan, el sonido vacío y hueco de los cantos de sirena que llaman a su encuentro a despistados marineros no son para mí. Yo, siempre soñando con estar despierto, prefiero ir a mi ritmo y contemplar admirado el horizonte y las estrellas que me cubren, saludar a mis compañeros de viaje y quien sabe, quizás echar el ancla en algún nuevo cachito del mar junto a esa barquita, sin demasiado equipaje para no hundirnos, preocupados solo de estar ahí y sin tener miedo al futuro.

viernes, 2 de mayo de 2014

Mi casa

 Algún día ondeará en lo más alto la bandera negra de mi vida, mientras sigue en construcción mi casa. Esa casa loca y cambiante, hogar del frio y la verdad, siempre con luz propia aunque conectada a la corriente. Tiene mi casa ventanas que dan a tu patio en primavera, donde intercambiamos miradas y bailamos hasta que el sol nos despide. Tiene mi casa también en sus armarios los restos del camino, las pisadas y el polvo que mancha las alfombras, recorren el suelo y el robusto reloj de arena tallado por el hombre colgado en la entrada.
Mi casa es la melodía que me anima a continuar, mi casa es el  laberinto y las criaturas que se esconden dentro de él. Mi casa es el Rock and Roll, donde suena mi guitarra. Mi casa es un barco cargado de deseos flotando en la mar sellada, a orillas de tu cama, gobernada por un viejo corsario holandés que añora su libertad. Mi casa son las personas y sus golpes en salud, mi casa es el bosque de los sueños y yo soy su leñador. Mi casa son los enfermos, mi casa es un hospital, mi casa es sufrimiento pero también felicidad. Mi casa es el punto y seguido y también el punto final.